Psicología con Adolescentes

El conflicto como oportunidad

La adolescencia no es una etapa de transición entre la niñez y la vida adulta, se trata de un tiempo diferente a cualquier otro. Es comprensible el conflicto de una chica o chico inmerso en modificaciones físicas y de sus necesidades en un entorno que generalmente permanece sorprendido ante los cambios.

Tradicionalmente ha sido una etapa de relaciones conflictivas y más en una época en que aparecen demandas nuevas en la organización social que no contribuyen a facilitar el equilibrio de los adolescentes. Todo lo que vive un adolescente tiene un impacto que los adultos apenas recordamos y que complica un mundo que cambia de manera tan vertiginosa como su cerebro y su cuerpo. Los adolescentes de hoy se encuentran sometidos a tensiones que en muchos casos crean una sensación de incomunicación e incomprensión por parte de los demás -padres, familia, profesorado, amigos, parejas– y una necesidad de referentes que de manera progresiva les permitan relativizar y aprender a afrontar los retos de un mundo vertiginoso en un cerebro de infinitas posibilidades, pero también infinitas dudas y miedos. Las nuevas tecnologías, los trastornos de la conducta alimentaria y las adicciones aparecen como preocupaciones fundamentales de los padres junto a los problemas de conducta y estudios. El psicólogo que trabaja  con adolescente debe tener, junto a la formación como profesional de la psicología, dotes y habilidades en los procesos de mediación familiar y capacidades para motivar  hacia el logro de metas.

Algo que les solicitaremos es paciencia porque no hay intervenciones milagrosas. En muchos casos la necesidad, comprensible, de encontrar respuestas puede hacer que la evaluación sea precipitada. Conocer a un niño que en muchas ocasiones no tiene la capacidad del adulto para contar mediante palabras cómo se siente, qué le hace tener estas emociones, cómo intenta solucionarlas o dónde están sus verdaderas dificultades para aprender requiere de un tiempo para poder ganarse la confianza del niño y estudiar con detalle de dónde proceden los problemas. Un diagnóstico no es una solución y mucho menos un diagnóstico equivocado que no tenga en cuenta todo lo positivo que el niño tiene y que le ayudará a superar sus dificultades. En muchas ocasiones nos dicen que la prioridad es que sus hijos sean felices, pues bien, además de un elemento prioritario es también imprescindible para que otros aspectos de su desarrollo evolucionen de la mejor forma posible.